Colaboración
en el plano mundial
Dimensión mundial de los problemas humanos más
importantes
200. Las relaciones entre los distintos países, por virtud de los adelantos
científicos y técnicos, en todos los aspectos de la convivencia
humana, se han estrechado mucho más en estos últimos años.
Por ello, necesariamente la interdependencia de los pueblos se hace cada vez
mayor.
201. Así, pues, los problemas más importantes
del día en el ámbito científico y técnico,
económico y social, político y cultural, por rebasar
con frecuencia las posibilidades de un solo país, afectan
necesariamente a muchas y algunas veces a todas las naciones.
202. Sucede por esto que los Estados aislados,
aun cuando descuellen por su cultura y civilización, el número e inteligencia
de sus ciudadanos, el progreso de sus sistemas económicos,
la abundancia de recursos y la extensión territorial,
no pueden, sin embargo, separados de los demás resolver
por si mismos de manera adecuada sus problemas fundamentales.
Por consiguiente, las naciones, al hallarse necesitadas, de unas
de ayudas complementarias y las otras de ulteriores perfeccionamientos,
sólo podrán atender a su propia utilidad mirando
simultáneamente al provecho de los demás. Por lo
cual es de todo punto preciso que los Estados se entiendan bien
y se presten ayuda mutua.
Desconfianza
recíproca
203. Aunque en el ánimo de todos los hombres y de todos los pueblos
va ganando cada día más terreno el convencimiento de esta doble
necesidad, con todo, los hombres, y principalmente los que en la vida pública
descuellan por su mayor autoridad, parecen en general incapaces de realizar
esa inteligencia y esa ayuda mutua tan deseadas por los pueblos. La razón
de esta incapacidad no proviene de que los pueblos carezcan de instrumentos
científicos, técnicos o económicos, sino de que más
bien desconfían unos de otros. En realidad, los hombres, y también
los Estados, se temen recíprocamente. Cada uno teme, en efecto, que
el otro abrigue propósitos de dominación y aceche el momento
oportuno de conseguirlos. Por eso los países hacen todos los preparativos
indispensables para defender sus ciudades y territorio, esto es, se rearman
con el objeto de disuadir, así lo declaran, a cualquier otro Estado
de toda agresión efectiva.
204. De aquí procede claramente el hecho de que los pueblos
utilicen en gran escala las energías humanas y los recursos
naturales en detrimento más bien que en beneficio de la
humanidad y de que, además, se cree en los individuos
y en las naciones un sentimiento profundo de angustia que retrasa
el debido ritmo de las empresas de mayor importancia.
Falta el reconocimiento común de un orden moral
objetivo
205. La causa de esta situación parece provenir de que
los hombres, y principalmente las supremas autoridades de los
Estados, tienen en su actuación concepciones de vida totalmente
distintas. Hay, en efecto, quienes osan negar la existencia de
una ley moral objetiva, absolutamente necesaria y universal y,
por último, igual para todos. Por esto, al no reconocer
los hombres una única ley de justicia con valor universal,
no pueden llegar en nada a un acuerdo pleno y seguro.
206. Porque, aunque el término justicia y la expresión
exigencias de la justicia anden en boca de todos, sin embargo,
estas palabras nos tienen en todos la misma significación;
más aún, con muchísima frecuencia, la tienen
contraria. Por tanto, cuando esos hombres de Estado hacen un
llamamiento a la justicia o a las exigencias de la justicia,
no solamente discrepan sobre el significado de tales palabras,
sino que además les sirven a menudo de motivo para graves
altercados; de todo lo cual se sigue que arraigue en ellos la
convicción de que, para conseguir los propios derechos
e intereses, no queda ya otro camino que recurrir a la violencia,
semilla siempre de gravísimos males.
El Dios
verdadero, único fundamento del
orden moral estable
207. Para que la confianza recíproca entre los supremos gobernantes
de las naciones subsista y se afiance más en ellos, es imprescindible
que ante todo reconozcan y mantengan unos y otros las leyes de la verdad y
de la justicia.
208. Ahora bien, la base única de los preceptos morales
es Dios. Si se niega la idea de Dios, esos preceptos necesariamente
se desintegran por completo. El hombre, en efecto, no consta
sólo de cuerpo, sino también de alma, dotada de
inteligencia y libertad. El alma exige, por tanto, de un modo
absoluto, en virtud de su propia naturaleza, una ley moral basada
en la religión, la cual posee capacidad muy superior a
la de cualquier otra fuerza o utilidad material para resolver
los problemas de la vida individual y social, así en el
interior de las naciones como en el seno de la sociedad internacional.
209. Sin embargo, no faltan hoy quienes afirmen
que, gracias al extraordinario florecimiento de la ciencia
y de la técnica,
pueden los hombres, prescindiendo de Dios y solamente con sus
propias fuerzas, alcanzar la cima suprema de la civilización
humana.
La realidad es, sin embargo, que ese mismo progreso científico y técnico
plantea con frecuencia a la humanidad problemas de dimensiones mundiales que
solamente pueden resolverse si los hombres reconocen la debida autoridad de
Dios, autor y rector del género humano y de toda la naturaleza.
210. La verdad de esta afirmación se prueba por el propio
progreso científico, que está abriendo horizontes
casi ilimitados y haciendo surgir en la inteligencia de muchos
la convicción de que las ciencias matemáticas no
pueden penetrar en la entraña de la materia y de sus transformaciones
ni explicarlas con palabras adecuadas, sino todo lo más
analizarlas por medio de hipótesis.
Los hombres de hoy, que ven aterrados con sus
propios ojos cómo
las gigantescas energías de que disponen la técnica
y la industria pueden emplearse tanto para provecho de los pueblos
como para su propia destrucción, deben comprender que
el espíritu y la moral han de ser antepuestos a todo si
se quiere que el progreso científico y técnico
no sirva para la aniquilación del género humano
sino para coadyuvar a la obra de la civilización.
Síntomas
esperanzadores
211. Entretanto, en las naciones más ricas, los hombres, insatisfechos
cada vez más por la posesión de los bienes materiales, abandonan
la utopía de un paraíso perdurable aquí en la tierra.
Al mismo tiempo, la humanidad entera no solamente está adquiriendo una
conciencia cada día más clara de los derechos inviolables y universales
de la persona humana, sino que además se esfuerza con toda clase de
recursos por establecer entre los hombres relaciones mutuas más justas
y adecuadas a su propia dignidad. De aquí se deriva el hecho de que
actualmente los hombres empiecen a reconocer sus limitaciones naturales y busquen
las realidades del espíritu con el afán superior al de antes.
Todos estos hechos parecen infundir cierta esperanza de que tanto los individuos
como las naciones lleguen por fin a un acuerdo para prestarse múltiples
y eficacísima ayuda mutua.