Un grave peligro:
el olvido del hombre
242. Como ya hemos recordado, los hombres de nuestra época han profundizado
y extendido la investigación de las leyes de la naturaleza; han creado
instrumentos nuevos para someter a su dominio las energías naturales;
han producido y siguen produciendo obras gigantescas y espectaculares.
Sin embargo, mientras se empeñan en dominar y transformar el mundo exterior,
corren el peligro de incurrir por negligencia en el olvido de sí mismos
y de debilitar las energías de su espíritu y de su cuerpo.
Nuestro predecesor, de feliz memoria, Pío XI ya advirtió con
amarga tristeza este hecho, y se quejaba de él en su encíclica
Quadragesimo anno con estas palabras: «Y así el trabajo corporal,
que la divina Providencia había establecido a fin de que se ejerciese,
incluso después del pecado original, para bien del cuerpo y del alma
humana, se convierte por doquiera en instrumento de perversión; es decir,
que delas fábricas sale ennoblecida la inerte materia, pero los hombres
se corrompen y envilecen».
243. Con razón afirma también nuestro predecesor
Pío XII que la época actual se distingue por un claro
contraste entre el inmenso progreso realizado por las ciencias
y la técnica y el asombroso retroceso que ha experimentado
el sentido de la dignidad humana. «La obra maestra y monstruosa,
al mismo tiempo, de esta época, ha sido la de transformar
al hombre en un gigante del mundo físico a costa de su espíritu,
reducido a pigmeo en el mundo sobrenatural y eterno» (Radiomensaje
navideño del 24 de diciembre de 1943; cf. Acta Apostolicae
Sedis 36 (1944) p. 10).
244. Una vez
más se verifica hoy en proporciones amplísimas
lo que afirmaba el Salmista de los idólatras: que los hombres
se olvidan muchas veces de sí mismos en su conducta práctica,
mientras admiran sus propias obras hasta adorarlas como dioses: «Sus ídolos
son plata y oro, obra de la mano de los hombres» (Sal 114
(115), 4).