Incremento
demográfico y desarrollo económico
Desnivel entre
población
y medios de subsistencia
185. En estos últimos tiempos se plantea a menudo el problema de cómo
coordinar los sistemas económicos y los medios de subsistencia con el
intenso incremento de la población humana, así en el plano mundial
como en relación con los países necesitados.
186. En el
plano mundial observan algunos que, según cálculos
estadísticos, la humanidad, dentro de algunos decenios,
alcanzará una cifra total de población muy elevada,
mientras que la economía avanzará con mucha mayor
lentitud. De esto deducen que, si no se pone freno a la procreación
humana, aumentará notablemente en una futuro próximo
la desproporción entre la población y los medios
indispensables de subsistencia.
187. Como es
sabido, las estadísticas de los países
económicamente menos desarrollados demuestran que, a causa
de la general difusión de los modernos adelantos de la higiene
y de la medicina, se ha prolongado la edad media del hombre al
reducirse notablemente la mortalidad infantil. Y la natalidad en
los países en que ya es crecida permanece estacionaria,
al menos durante un no corto período de tiempo. Por otra
parte, mientras las cifras de la natalidad exceden cada año
a las de la mortalidad, los sistemas de producción al incremento
demográfico. Por ello, en los países más pobres
lo peor no es que no mejore el nivel de vida, sino que incluso
empeore continuamente. Hay así quienes estiman que, para
que tal situación no llegue a extremos peligrosos, es preciso
evitar la concepción o reprimir, del modo que sea, los nacimientos
humanos.
Situación exacta del problema
188. A decir verdad, en el plano mundial la relación entre el incremento
demográfico, de una parte, y los medios de subsistencia, de otra, no
parece, a lo menos por ahora e incluso en un futuro próximo, crear graves
dificultades. Los argumentos que se hacen en esta materia son tal dudosos y
controvertidos que no permiten deducir conclusiones ciertas.
189. Añádese a esto que Dios, en su bondad y sabiduría,
ha otorgado a la naturaleza una capacidad casi inagotable de producción
y ha enriquecido al hombre con una inteligencia tan penetrante
que le permite utilizar los instrumentos idóneos para poner
todos los recursos naturales al servicio de las necesidades y del
provecho de su vida. Por consiguiente, la solución clara
de este problema no ha de buscarse fuera del orden moral establecido
por Dios, violando la procreación de la propia vida humana,
sino que, por el contrario, debe procurar el hombre, con toda clase
de procedimientos técnicos y científicos, el conocimiento
profundo y el dominio creciente de las energías de la naturaleza.
Los progresos hasta ahora realizados por la ciencia y por la técnica
abren en este campo una esperanza casi ilimitada para el porvenir.
190. No se
nos oculta que en algunas regiones, y también
en los países de escasos recursos, además de estos
problemas se plantean a menudo otras dificultades, debidas a que
su organización económica y social está montada
de tal forma, que no pueden disponer de los medios precisos de
subsistencia para hacer frente al crecimiento demográfico
anual, ya que los pueblos no manifiestan en sus relaciones mutuas
la concordia indispensable.
191. Aun concediendo
que estos hechos sean reales, declaramos, sin embargo, con absoluta
claridad,
que estos problemas
deben plantearse
y resolverse de modo que no recurra el hombre a métodos
y procedimientos contrarios a su propia dignidad, como son los
que enseñan sin pudor quienes profesan una concepción
totalmente materialista del hombre y de la vida.
192. Juzgamos
que la única solución del problema
consiste en un desarrollo económico y social que conserve
y aumentos los verdaderos bienes del individuo y de toda la sociedad.
Tratándose de esta cuestión hay que colocar en primer
término cuanto se refiere a la dignidad del hombre en general
y a la vida del individuo, a la cual nada puede aventajar. Hay
que procurar, además, en este punto la colaboración
mutua de todos los pueblos, a fin de que, con evidente provecho
colectivo, pueda organizarse entre todas las naciones un intercambio
de conocimientos, capitales y personas.
El respeto a las leyes de la vida
193. En esta materia hacemos una grave declaración: la vida humana se
comunica y propaga por medio de la familia, la cual se funda en el matrimonio
uno e indisoluble, que para los cristianos ha sido elevado a la dignidad de
sacramento. Y como la vida humana se propaga a otros hombres de una manera
consciente y responsable, se sigue de aquí que esta propagación
debe verificarse de acuerdo con las leyes sacrosantas, inmutables e inviolables
de Dios, las cuales han de ser concocidas y respetadas por todos. Nadie, pues,
puede lícitamente usar en esta materia los medidos o procedimientos
que es lícito emplear en la genética de las plantas o de los
animales.
194. La vida
del hombre, en efecto, ha de considerarse por todos como algo
sagrado, ya que
desde su mismo origen exige
la acción
creadora de DIos. Por tanto, quien se aparta de lo establecido
por El, no sólo ofende a la majestad divina y se degrada
a sí mismo y a la humanidad entera, sino que, además,
debilita las energías íntimas de su propio país.
Educación
del sentido de la responsabilidad
195. Por estos motivos es de suma importancia que no sólo se eduque
a las nuevas generaciones con una formación cultural y religiosa cada
día más perfecta —lo cual constituye un derecho y un deber
de los padres—, sino que, además, es necesario que se les inculque
un profundo sentido de responsabilidad en todas las manifestaciones d ela vida
y, por tanto, también en orden a la constitución de la familia
y a la procreación y educación de los hijos.
Estos, en efecto, deben recibir de sus padres una confianza permanente en la
divina providencia y, además, un espíritu firme y dispuesto
a soportar las fatigas y los sacrificios, que no puede lícitamente
eludir quien ha recibido la noble y grave misión de colaborar personalmente
con Dios en la propagación de la vida humana y en la educación
de la prole.
Para esta misión trascendental nada hay comparable a las enseñanzas
y a los medios sobrenaturales que la Iglesia ofrece, a la cual, también
por este motivo, se le debe reconocer el derecho de realizar su misión
con plena libertad.
Al servicio de la vida
196. Ahora bien, como se recuerda en el Génesis, el Creador dio a la
primera pareja humana dos mandamientos, que se complementan mutuamente: el
primero, propagar la vida, «creced y multiplicaos» (Gén
1,28); el segundo, dominar la naturaleza: «Llenad ala tierra y enseñoreaos
de ella» (Ibíd.).
197. El segundo de estos preceptos no se dio para destruir los
bienes naturales, sino para satisfacer con ellos las necesidades
de la vida humana.
198. Con gran
tristeza, por tanto, de nuestro espíritu
observamos en la actualidad una contradicción entre dos
hechos: de una parte las estrecheces económicas se presentan
a los ojos de todos en tal cerrazón, que parece como si
la vida humana estuviese a punto de fenecer bajo la miseria y el
hambre; de otra parte, los últimos descubrimientos de las
ciencias, los avances de la técnica y los crecientes recursos
económicos se convierten en instrumentos con los que se
expone a la humanidad a extrema ruina y horrible matanza.
199. Dios,
en su providencia, ha otorgado al género humano
suficientes recursos para afrontar de forma digna las cargas inherentes
a la procreación de los hijos. Mas esto puede resultar de
solución difícil o totalmente imposible si los hombres,
desviándose del recto camino y con perversas intenciones,
utilizan tales recursos contra la razón humana o contra
la naturaleza social de estos últimos y, por consiguiente,
contra los planes del mismo Dios.