Intervención
de las asociaciones del apostolado seglar en esta educación
231. Juzgamos,
sin embargo, insuficiente esta educación
del cristiano si al esfuerzo del maestro no se añade la
colaboración del discípulo y si a la enseñanza
no se une la práctica a título de experimento.
232. Así como proverbialmente suele decirse que, para
disfrutar honestamente de la libertad, hay que saberla usar con
rectitud, del mismo modo nadie aprende a actuar de acuerdo con
la doctrina católica en materia económica y social
si no es actuando realmente en este campo y de acuerdo con la
misma doctrina.
233. Por
este motivo, en la difusión de esta educación
práctica del cristiano hay que atribuir una gran parte
a las asociaciones consagradas al apostolado seglar, especialmente
a las que se proponen como objetivo la restauración de
la moral cristiana como tarea fundamental del momento presente,
ya que sus miembros pueden servirse de sus experiencias diarias
para educarse mejor primero a sí mismos, y después
a los jóvenes, en el cumplimiento de estos deberes.
234. No es ajeno a este propósito recordar aquí a todos, tanto
a los poderosos como a los humildes, que es absolutamente inseparable del sentido
que la sabiduría cristiana tiene de la vida la voluntad de vivir sobriamente
y de soportar, con la gracia de Dios, el sacrificio.
235. Mas,
por desgracia, hoy se ha apoderado de muchos un afán
inmoderado de placeres. No son pocos, en efecto, los hombres
para quienes el supremo objeto de la vida en anhelar los deleites
y saciar la sed de sus pasiones, con grave daño indudablemente
del espíritu y también del cuerpo. Ahora bien,
quien considere esta cuestión, aun en el plano meramente
natural del hombre, ha de confesar que es medida sabia y prudente
usar de reflexión y templanza en todas las cosas y refrenar
las pasiones.
Quien, por su parte, considera dicha cuestión desde el punto de vista
sobrenatural, sabe que el Evangelio, la Iglesia católica y toda la tradición
ascética exigen de los cristianos intensa mortificación de las
pasiones y paciencia singular frente a las adversidades de la vida, virtudes
ambas que, además de garantizar el dominio firme y equilibrado del espíritu
sobre la carne, ofrecen medio eficaz de expiar la pena del pecado, del que
ninguno está inmune, salvo Jesucristo y su Madre inmaculada.