Introducción
1. Madre
y Maestra de pueblos, la Iglesia católica fue
fundada como tal por Jesucristo para que, en el transcurso de
los siglos, encontraran su salvación, con la plenitud
de una vida más excelente, todos cuantos habían
de entrar en el seno de aquélla y recibir su abrazo. A
esta Iglesia, columna y fundamente de la verdad (1Tim 3,15),
confió su divino fundador una doble misión, la
de engendrar hijos para sí, y la de educarlos y dirigirlos,
velando con maternal solicitud por la vida de los individuos
y de los pueblos, cuya superior dignidad miró siempre
la Iglesia con el máximo respeto y defendió con
la mayor vigilancia.
2. La doctrina de Cristo une, en efecto, la tierra con el cielo,
ya que considera al hombre completo, alma y cuerpo, inteligencia
y voluntad, y le ordena elevar su mente desde las condiciones
transitorias de esta vida terrena hasta las alturas de la vida
eterna, donde un día ha de gozar de felicidad y de paz
imperecederas.
3. Por tanto,
la santa Iglesia, aunque tiene como misión
principal santificar las almas y hacerlas partícipes de
los bienes sobrenaturales, se preocupa, sin embargo, de las necesidades
que la vida diaria plantea a los hombres, no sólo de las
que afectan a su decoroso sustento, sino de las relativas a su
interés y prosperidad, sin exceptuar bien alguno y a lo
largo de las diferentes épocas.
4. Al realizar
esta misión, la Iglesia cumple el mandato
de su fundador, Cristo, quien, si bien atendió principalmente
a la salvación eterna del hombre, cuando dijo en una ocasión
: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6);
y en otra: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12), al
contemplar la multitud hambrienta, exclamó conmovido: «Siento
compasión de esta muchedumbre» (Mc 8,2), demostrando
que se preocupaba también de las necesidades materiales
de los pueblos. El Redentor manifestó este cuidado no
sólo con palabras, sino con hechos, y así, para
calmar el hambre de las multitudes, multiplicó más
de una vez el pan milagrosamente.
5. Con este
pan dado como alimento del cuerpo, quiso significar de antemano
aquel alimento
celestial
de las almas que había
de entregar a los hombres en la víspera de su pasión.
6. Nada,
pues, tiene de extraño que la Iglesia católica,
siguiendo el ejemplo y cumpliendo el mandato de Cristo, haya
mantenido constantemente en alto la antorcha de la caridad durante
dos milenios, es decir, desde la institución del antiguo
diaconado hasta nuestros días, así con la enseñanza
de sus preceptos como con sus ejemplos innumerables; caridad
que, uniendo armoniosamente las enseñanzas y la práctica
del mutuo amor, realiza de modo admirable el mandato de ese doble
dar que compendia por entero la doctrina y la acción social
de la Iglesia.
7. Ahora
bien, el testimonio más insigne de esta doctrina
y acción social, desarrolladas por la Iglesia a lo largo
de los siglos, ha sido y es, sin duda, la luminosa encíclica
Rerum novarum, promulgada hace setenta años por nuestro
predecesor de inmortal memoria León XIII para definir
los principios que habían de resolver el problema de la
situación de los trabajadores en armonía con las
normas de la doctrina cristiana (Acta Leonis XIII, XI, 1891,
pp. 97-144).
8. Pocas
veces la palabra de un Pontífice ha obtenido
como entonces resonancia tan universal por el peso y alcance
de su argumentación y la fuerza expresiva de sus afirmaciones.
En realidad, las normas y llamamientos de León XIII adquirieron
tanta importancia que de ningún modo podrán olvidarse
ya en los sucesivo.
Se abrió con ellos un camino más amplio a la acción
de la Iglesia católica, cuyo Pastor supremo, sintiendo
como propios los daños, los dolores y las aspiraciones
de los humildes y de los oprimidos, se consagró entonces
completamente a vindicar y rehabilitar sus derechos.
9. No obstante
el largo período transcurrido desde la
publicación de la admirable encíclica Rerum novarum,
su influencia se mantiene vigorosa aun en nuestros días.
Primero,. en los documentos de los Sumos Pontífices que
han sucedido a León XIII, todos los cuales, cuando abordan
materias económicas y sociales, toman siempre algo de
la encíclica leoniana para aclarar su verdadero significado
o para añadir nuevo estímulo a la voluntad de los
católicos.
Pero, además, la Rerum novarum mantiene su influjo en
la organización pública de no pocas naciones. Tales
hechos constituyen evidente prueba de que tanto los principios
cuidadosamente analizados como las normas prácticas y
las advertencias dadas con paternal cariño en la gran
encíclica de nuestro predecesor conservan también
en nuestros días su primitiva autoridad.
Más aún, pueden proporcionar a los hombres de nuestra época
nuevos y saludables criterios para comprender realmente las proporciones
concretas de la cuestión social, como hoy se presenta,
y para decidirlos a asumir las responsabilidades necesarias.