Miembros
vivos del Cuerpo místico
de Cristo
258.
No queremos, sin embargo, concluir esta nuestra encíclica
sin recordaros, venerables hermanos, un capítulo sumamente
trascendental y verdadero de la doctrina católica, por el
cual se nos enseña que somos miembros vivos del Cuerpo místico
de Cristo, que es la Iglesia: «Porque así como, siendo
el cuerpo uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros del
cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así es
también Cristo» (1Cor 12, 12).
259.
Exhortamos, pues, insistentemente a nuestros hijos de todo el
mundo, tanto del clero como del laicado,
a que procuren tener
una conciencia plena de la gran nobleza y dignidad que poseen por
el hecho de estar injertados en Cristo como los sarmientos en la
vid: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15,
5), y porque se les permite participar de la vida divina de Aquél.
De esta incorporación se sigue que, cuando el cristiano
está unido espiritualmente al divino Redentor, al desplegar
su actividad en las empresas temporales, su trabajo viene a ser
como una continuación del de Jesucristo, del cual toma fuerza
y virtud salvadora: «El que permanece en mí y yo en él, ése
da mucho fruto» (Ibíd.). Así el trabajo humano
se eleva y ennoblece de tal manera que conduce a la perfección
espiritual al hombre que lo realiza y, al mismo tiempo, puede contribuir
a extender a los demás los frutos de la redención
cristiana y propagarlos por todas partes. Tal es la causa de que
la doctrina cristiana, como levadura evangélica, penetre
en las venas de la sociedad civil en que vivimos y trabajamos.
260.
Aunque hay que reconocer que nuestro siglo padece gravísimos
errores y está agitado por profundos desórdenes,
sin embargo, es una época la nuestra en la cual se abren
inmensos horizontes de apostolado para los operarios de la Iglesia,
despertando gran esperanza en nuestros espíritus.
261.
Venerables hermanos y queridos hijos hemos deducido una serie
de principios y de normas
a cuya
intensa meditación y realización,
en la medida posible a cada uno, os exhortamos insistentemente.
Porque, si todos y cada uno de vosotros prestáis con ánimo
decidido esta colaboración, se habrá dado necesariamente
un gran paso en el establecimiento del reino de Cristo en la tierra,
el cual «es reino de verdad y de vida, reino de santidad
y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz » (Prefacio
de la festividad de Cristo Rey); reino del cual partiremos algún
día hacia la felicidad eterna, para la que hemos sido creados
por Dios y a la cual deseamos ardientemente llegar.
262.
Se trata, en efecto, de la doctrina de la Iglesia católica
y apostólica, madre y maestra de todos los pueblos, cuya
luz ilumina, enciende, inflama; cuya voz amonestadora, por estar
llena de eterna sabiduría, sirve para todos los tiempos;
cuya virtud ofrece siempre remedios tan eficaces como adecuados
para las crecientes necesidades de la humanidad y para las preocupaciones
y ansiedades de la vida presente.
Con esta voz concuerda admirablemente la antigua palabra del Salmista,
la cual no cesa de confirmar y levantar los espíritus: «Yo
bien sé lo que dirá Dios: que sus palabras serán
palabras de paz para su pueblo y para sus santos y para cuantos
se vuelven a El de corazón. Sí, su salvación
está cercana a los que le temen, y bien pronto habitará la
gloria en nuestra tierra. Se han encontrado la benevolencia y
la fidelidad, se han dado el abrazo la justicia y la paz. Brota
de la tierra la fidelidad, y mira la justicia desde lo alto de
los cielos. Sí; el Señor nos otorgará sus
bienes, y la tierra dará sus frutos. Va delante de su
faz la justicia, y la paz sigue sus pasos» (Sal 85 (84),
9-14).
263.
Estos son los deseos, venerables hermanos, que Nos formulamos
al terminar esta carta,
a la cual
hemos consagrado durante mucho
tiempo nuestra solicitud por la Iglesia universal; los formulamos,
a fin de que el divino Redentor de los hombres, «que ha venido
a ser para nosotros, de parte de Dios, sabiduría, justicia,
santificación y redención» (1Cor 1, 30), reine
y triunfe felizmente a lo largo de los siglos, en todos y sobre
todo; los formulamos también para que, restaurado el recto
orden social, todos los pueblos gocen, al fin, de prosperidad,
de alegría y de paz.
264
Sea presagio de estas deseables realidades y prenda de nuestra
paterna benevolencia la bendición apostólica que
a vosotros, venerables hermanos; a todo los fieles confiados a
vuestra vigilancia, y particularmente a cuantos responderán
con generosa voluntad a nuestras exhortaciones, impartimos de corazón
en el Señor.
Dado
en Roma, junto a San Pedro, el día 15 de mayo del
año 1961, tercero de nuestro pontificado.
JUAN PP. XXIII
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