Relaciones
entre los países de desigual desarrollo económico
Es el problema mayor de nuestros días
157. Pero el problema tal vez mayor de nuestros
días es
el que atañe a las relaciones que deben darse entre las
naciones económicamente desarrolladas y los países
que están aún en vías de desarrollo económico:
las primeras gozan de una vida cómoda; los segundos, en
cambio, padecen durísima escasez. La solidaridad social
que hoy día agrupa a todos los hombres en una única
y sola familia impone a las naciones que disfrutan de abundante
riqueza económica la obligación de no permanecer
indiferentes ante los países cuyos miembros, oprimidos por
innumerables dificultades interiores, se ven extenuados por la
miseria y el hambre y no disfrutan, como es debido, de los derechos
fundamentales del hombre. Esta obligación se ve aumentada
por el hecho de que, dada la interdependencia progresiva que actualmente
sienten los pueblos, no es ya posible que reine entre ellos una
paz duradera y fecunda si las diferencias económicas y sociales
entre ellos resultan excesivas.
158. Nos, por tanto, que amamos a todos
los hombres como hijos, juzgamos deber nuestro repetir en forma
solemne la afirmación
manifestada otras veces: «Todos somos solidariamente responsables
de las poblaciones subalimentadas (Alocución del 3 de mayo
de 1960; cf. Acta Apostolicae Sedis 52 (1960) p. 465)... «(Por
lo cual) es necesario despertar la conciencia de esta grave obligación
en todos y en cada uno y de modo muy principal en los económicamente
poderosos» (Ibíd.).
159. Como es evidente, el grave deber, que
la Iglesia siempre ha proclamado, de ayudar a los que sufren
la indigencia y la miseria,
lo han de sentir de modo muy principal los católicos, por
ser miembros del Cuerpo místico de Cristo. «En esto —proclama
Juan el apóstol— hemos conocido la caridad de Dios,
en que dio El su vida por nosotros, y así nosotros debemos
estar prontos a dar la vida por nuestros hermanos. Quien tiene
bienes de este mundo y viendo a su hermano en necesidad le cierra
las entrañas, ¿cómo es posible que habite
en él la caridad de Dios?» (1Jn 3, 16-17).
160. Vemos, pues, con agrado cómo las naciones que disponen
de más avanzados sistemas económicos prestan ayuda
a los países subdesarrollados para facilitarles el mejoramiento
de su situación actual.
Las ayudas de emergencia son obligatorias
161. Como es sabido, hay naciones que tienen sobreabundancia de bienes de consumo,y
particularmente de productos agrícolas. Existen otras, en cambio,
en las cuales grandes masas de población luchan contra la miseria
y el hambre. Por ello, tanto la justicia como la humanidad exigen que las
naciones ricas presten su ayuda a las naciones pobres. Por lo cual, destruir
por completo o malgastar bienes que son indispensables para la vida de los
hombres en tan contrario a los deberes de la justicia como a los que impone
la humanidad.
162 Sabemos bien que la producción de excedentes, particularmente
de los agrícolas, en un país, puede perjudicar a
determinadas categorías de ciudadanos. Pero de esto no se
sigue en modo alguno que las naciones que tienen exceso de bienes
queden dispensadas del deber de ayudar a las víctimas de
la miseria y del hambre cuando surge una especial necesidad; sino
que, pro el contrario, hay que procurar con toda diligencia que
esas dificultades nacidas de la superproducción de bienes
se disminuyan y las soporten de manera equitativa todos y cada
uno de los ciudadanos.
Pero es también necesaria la cooperación científica, técnica
y financiera
163. Con todo, estas ayudas no pueden eliminar de modo inmediato en muchos
países las causas permanentes de la miseria o del hambre. Generalmente,
la causa reside en el retraso que acusan los sistemas económicos de
esos países. Para remediar este atraso hay que movilizar todos los
medios posibles, de suerte que, por una parte, los ciudadanos de estas naciones
se instruyan perfectamente en el ejercicio de las técnicas y en el
cumplimiento de sus oficios, y, por otra, puedan poseer los capitales que
les permitan realizar por sí mismos el desarrollo económico,
con los criterios y métodos propios de nuestra época.
164. Sabemos perfectamente cómo en estos últimos
años ha ido profundizándose en muchos hombres la
conciencia de la obligación que tienen de ayudar a los países
pobres, que se hallan todavía en situación de subdesarrollo,
a fin de lograr que en éstos se faciliten los avances del
desarrollo económico y del progreso social.
165. Con objeto de alcanzar tan anhelados
fines, vemos cómo
organismos supranacionales y estatales, fundaciones particulares
y sociedades privadas ofrecen a diario con creciente liberalidad
a dichos países ayuda técnica para aumentar su producción.
Por ello, se dan facilidades a muchísimos jóvenes
para que, estudiando en las grandes universidades de las naciones
más desarrolladas, adquieran una formación científica
y técnica al nivel exigido por nuestro tiempo. Hay que añadir
que determinadas instituciones bancarias mundiales, algunos Estados
por separado y la misma iniciativa privada facilitan con frecuencia
préstamos de capitales a los países subdesarrollados,
para montar en ellos una amplia serie de instituciones cuya finalidad
es la producción económica. Nos complace aprovechar
la ocasión para expresar nuestro sincero aprecio por tan
excelente obra. Es de desear, sin embargo, que en adelante las
naciones más ricas mantengan con ritmo creciente su esfuerzo
por ayudar a los países que están iniciando su desarrollo,
para promover así el progreso científico, técnico
y económico de estos últimos.
Hay que evitar los errores del pasado
166. En este punto juzgamos oportunas algunas advertencias.
167. La primera es que las naciones que
todavía no han
iniciado o acaban de iniciar su desarrollo económico, obrarán
prudentemente si examinan la trayectoria general que han recorrido
las naciones económicamente ya desarrolladas.
168. Producir mayor número de bienes, y producirlo por
el procedimiento más idóneo, son exigencias de un
planeamiento razonable y de las muchas necesidades que existen.
Sin embargo, tanto las necesidades existentes como lajusticia exigen
que las riquezas producidas se repartan equitativamente entre todos
los ciudadanos del país. Por lo cual, hay que esforzarse
para que el desarrollo económico y el progreso social avancen
simultáneamente. Este proceso, a su vez, debe efectuarse
de manera similar en los diferentes sectores de la agricultura,
la industria y los servicios de toda clase.
Respetar las características de cada pueblo
169. Es también un hecho de todos conocido que las naciones cuyo desarrollo
económico está en curso presentan ciertas notas características,
nacidas del medio natural en que viven, de tradiciones nacionales de auténtico
valor humano y del carácter peculiar de sus propios miembros.
170. Las naciones económicamente desarrolladas, al prestar
su ayuda, deben reconocer y respetar el legado tradicional de cada
pueblo, evitando con esmero utilizar su cooperación para
imponer a dichos países una imitación de su propia
manera de vida.
Ayudar sin incurrir en un nuevo colonialismo
171. Es necesario, asimismo, que las naciones económicamente avanzadas
eviten con especial cuidado la tentación de prestar su ayuda a los países
pobres con el propósito de orientar en su propio provecho la situación
política de dichos países y realizar así sus planes de
hegemonía mundial.
172. Si en alguna ocasión se pretende llevar a cabo este
propósito, débese denunciar abiertamente que lo que
se pretende, en realidad, es instaurar una nueva forma de colonialismo,
que, aunque cubierto con honesto nombre, constituye una visión
más del antiguo y anacrónico dominio colonial, del
que se acaban de despojar recientemente muchas naciones; lo cual,
por ser contrario a las relaciones que normalmente unen a los pueblos
entre sí, crearía una grave amenaza para la tranquilidad
de todos los países.
173. Razones de necesidad y de justicia
exigen, por consiguiente, que los Estados que prestan ayuda técnica y financiera a
las naciones poco desarrolladas lo hagan sin intención alguna
de dominio político y con el solo propósito de ponerlas
en condiciones de realizar por sí mismas su propia elevación
económica y social.
174. Si se procede de esta manera, se contribuirá no poco
a formar una especie de comunidad de todos los pueblos, dentro
de la cual cada Estado, consciente de sus deberes y de sus derechos,
colaborará, en plano de igualdad, en pro de la prosperidad
de todos los demás países.
Salvaguardar el sentido moral de los pueblos subdesarrollados
175. No hay duda de que, si en una nación los progresos de la ciencia,
de la técnica, de la economía y de la prosperidad de los ciudadanos
avanzan a la par, se da un paso gigantesco en cuanto se refiere a la cultura
y a la civilización humana. Mas todos deben estar convencidos de que
estos bienes no son los bienes supremos, sino solamente medios instrumentales
para alcanzar estos últimos.
176. Por esta razón, observamos con dolorosa amargura cómo
en las naciones económicamente desarrolladas son pocos los
hombres que vives despreocupados en absoluto de la justa ordenación
de los bienes, despreciando sin escrúpulos, olvidando por
completo o negando con pertinacia los bienes del espíritu,
mientras apetecen ardientemente el progreso científico,
técnico y económico, y sobrestiman de tal manera
el bienestar material, que lo consideran, por lo común,
como el supremo bien de su vida. Esta desordenada apreciación
acarrea como consecuencia que la ayuda prestada a los pueblos subdesarrollados
no esté exenta de perniciosos peligros, ya que en los ciudadanos
de estos países, por efecto de una antigua tradición,
tiene vigencia general todavía e influjo práctico
en la conducta la conciencia de los bienes fundamentales en que
se basa la moral humana.
177 Por consiguiente, quienes intentan destruir,
de la manera que sea, la integridad del sentido moral de estos
pueblos, realizan,
sin duda, una obra inmoral. Por el contrario, este sentido moral,
además de ser honrado dignamente, debe cultivarse y perfeccionarse
porque constituye el fudamento de la verdadera civilización.
La aportación de la Iglesia
178. La Iglesia pertenece por derecho divino a todas las naciones. Su universalidad
está probada en realidad por el hecho de su presencia actual en todo
el mundo y por su voluntad a acoger a todos los pueblos.
179. Ahora bien, la Iglesia, al ganar a
los pueblos para Cristo, contribuye necesariamente a su bienestar
temporal, así en
el orden económico como en el campo de las relaciones sociales.
La historia de los tiempos pasados y de nuestra propia época
demuestran con plenitud esta eficacia. Todos los que profesan en
público el cristianismo aceptan y prometen contribuir personalmente
al perfeccionamiento de las instituciones civiles y esforzarse
por todos los medios posibles para que no sólo no sufra
deformación alguna la dignidad humana, sino que además
se superen los obstáculos de toda clase y se promuevan aquellos
medios que conducen y estimulan a la bondad moral y a la virtud.
180. Más aún, la Iglesia, una vez que ha inyectado
en las venas de un pueblo su propia vitalidad, no es ni se siente
como una institución impuesta desde fuera a dicho pueblo.
Esto se debe al hecho de que su presencia se manifiesta en el renacer
o resucitar de cada hombre en Cristo; ahora bien, quien renace
o resucita en Cristo no se siente coaccionado jamás por
presión exterior alguna; todo lo contrario, al sentir que
ha logrado la libertad perfecta, se encamina hacia Dios con el ímpetu
de su libertad, y de esta manera se consolida y ennoblece cuanto
en él hay de auténtico bien moral.
181. «La Iglesia de Jesucristo —enseña acertadamente
nuestro predecesor Pío XII—, como fidelísima
depositaria de la vivificante sabiduría divina, no pretende
menoscabar o menospreciar las características particulares
que constituyen el modo de ser de cada pueblo; características
que con razón defienden los pueblos religiosa y celosamente
como sagrada herencia. La Iglesia busca la profunda unidad, configurada
por un amor sobrenatural, en el que todos los pueblos se ejerciten
intensamente; no busca una uniformidad absoluta, exclusivamente
externa, que debilite las propias fuerzas naturales. todas las
normas y disposiciones que sirven para el desenvolvimiento prudente
y para el aumento equilibrado de las propias energías y
facultades —que nacen de las más recónditas
entrañas de toda estirpe—, la Iglesia las aprueba
y favorece con amor de madre, con tal que no se opongan a las obligaciones
que impone el origen común y el común destino de
todos los hombres» (Encíclica Summi Pontificatus;
cf. Acta Apostolicae Sedis 31 (1939) p. 428-429).
182. Vemos, por tanto, con gran satisfacción de nuestro
espíritu cómo los ciudadanos católicos de
las naciones subdesarrolladas no ceden, en modo alguno, a nadie
el primer puesto en el esfuerzo que sus países verifican
para progresar, de acuerdo con sus posibilidades, en el orden económico
y social.
183. Por otra parte, observamos cómo los católicos
de los Estados más ricos multiplican sus iniciativas y esfuerzos
para conseguir que la ayuda prestada por sus países a las
naciones económicamente débiles facilite lo más
posible su progreso económico y social. Dignas de aplauso
son, en este aspecto, la múltiple y creciente asistencia
que vienen dispensando a los estudiantes afroasiáticos esparcidos
por las grandes Universidades de Europa y de América para
su mejor formación literaria y técnica, y la atención
que dedican a la formación de individuos de todas las profesiones
para que estén dispuestos a trasladarse a las naciones subdesarrolladas
y ejercer allí sus actividades técnicas y profesionales.
184. A estos queridos hijos nuestros, que
en toda la tierra demuestran claramente la perenne eficacia y
vitalidad de la Iglesia con su
esfuerzo extraordinario en promover el genuino progreso de las
naciones e inspirar la fuerza saludable de la auténtica
civilización, queremos expresar nuestro aplauso y nuestro
agradecimiento.