La
perfección
cristiana y el dinamismo temporal son compatibles
254. Nadie,
sin embargo, debe deducir de cuanto acabamos de exponer con brevedad,
que nuestros hijos,
sobre todo los seglares, obrarían
prudentemente si colaborasen con desgana en la tarea específica
de los cristianos, ordenada a las realidades de esta vida temporal;
por el contrario, declaramos una vez más que esta tarea
debe cumplirse y prestarse con afán cada día más
intenso.
255. En realidad
de verdad, Jesucristo, en la solemne oración
por la unidad de su Iglesia hizo al Padre esta petición
en favor de sus discípulos: «No pido que los tomes
del mundo, sino que los guardes del mal» (Jn 17,15).
Nadie debe, por tanto, engañarse imaginando un contradicción
entre dos cosas perfectamente compatibles, esto es, la perfección personal
propia y la presencia activa en el mundo, como si para alcanzar la perfección
cristiana tuviera uno que apartarse necesariamente de toda actividad terrena,
o como si fuera imposible dedicarse a los negocios temporales sin comprometer
la propia dignidad de hombre y de cristiano.
256. Por el
contrario, responde plenamente al plan de la Providencia que
cada hombre alcance
su propia perfección mediante el
ejercicio de su diario trabajo, el cual para la casi totalidad
de los seres humanos entraña un contenido temporal. Por
esto, actualmente la ardua misión de la Iglesia consiste
en ajustar el progreso de la civilización presente con las
normas de la cultura humana y del espíritu evangélico.
Esta misión la reclama nuestro tiempo, más aún,
la está exigiendo a voces, para alcanzar metas más
altas y consolidar sin daño alguno las ya conseguidas. Para
ello, como ya hemos dicho, la Iglesia pide sobre todo la colaboración
de los seglares, los cuales, por esto mismo, están obligados
a trabajar de tal manera en la resolución de los problemas
temporales, que al cumplir sus obligaciones para con el prójimo
lo hagan en unión espiritual con Dios por medio de Cristo
y para aumento de la gloria divina, como manda el apóstol
san Pablo: «Ora, pues, comáis, ora bebáis,
ora hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo a gloria de
Dios» (1Cor 10,31). Y en otro lugar: «Todo cuanto hiciereis,
de palabra o de obra, hacedlo en el nombre del Señor Jesús,
dando gracias a Dios Padre por mediación de El» (Col
3, 17).