El sentido
religioso, natural en el hombre
214. Porque
la teoría más falsa de nuestros días
es la que afirma que el sentido religioso, que la naturaleza ha
infundido en los hombres, ha de ser considerado como pura ficción
o mera imaginación, la cual debe, por tanto, arrancarse
totalmente de los espíritus por ser contraria en absoluto
al carácter de nuestra época y al progreso de la
civilización.
Lejos de ser así, esa íntima inclinación humana hacia
la religión, resulta, prueba convincente de que el hombre ha sido, en
realidad, creado por Dios y tiende irrevocablemente hacia El, como leemos en
San Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón
está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones I, 1.).
215. Por lo
cual, por grande que llegue a ser el progreso técnico
y económico, ni la justicia ni la paz podrán existir
en la tierra mientras los hombres no tengan conciencia de la dignidad
que poseen como seres creados por Dios y elevados a la filiación
divina; por Dios, decimos, que es la primera y última causa
de toda la realidad creada. El hombre, separado de Dios, se torna
inhumano para sí y para sus semejantes, porque las relaciones
humanas exigen de modo absoluto la relación directa de la
conciencia del hombre con Dios, fuente de toda verdad, justicia
y amor.
216. Es bien
conocida la cruel persecución que durante
muchos años vienen padeciendo en numerosos países,
algunos de ellos de rancia civilización cristiana, tantos
hermanos e hijos nuestros, para Nos queridísimos. Esta persecución,
que demuestra a los ojos de todos los hombres la superioridad moral
de los perseguidos y la refinada crueldad de los perseguidores,
aun cuando todavía no ha despertado en éstos el arrepentimiento,
sin embargo, les ha infundido gran preocupación.
217. Con todo,
la insensatez más caracterizada de nuestra época
consiste en el intento de establecer un orden temporal sólido
y provechoso sin apoyarlo en su fundamento indispensable o, lo
que es lo mismo, prescindiendo de Dios, y querer exaltar la grandeza
del hombre cegando la fuente de la que brota y se nutre, esto es,
obstaculizando y, si posible fuera, aniquilando la tendencia innata
del alma hacia Dios.
Los acontecimientos de nuestra época, sin embargo, que han cortado en
flor las esperanzas de muchos y arrancado lágrimas a no pocos, confirman
la verdad de la Escritura: «Si el Señor no edifica la casa, en
vano trabajan los que la construyen» (Sal 127 (126), 1).