Situación
económica y social
11. Como es
sabido, por aquel entonces la concepción del
mundo económico que mayo difusión teórica
y vigencia práctica había alcanzado era una concepción
que lo atribuía absolutamente todo a las fuerzas necesarias
de la naturaleza y negaba, por tanto, la relación entre
las leyes morales y las leyes económicas.
Motivo único de la actividad económica, se afirmaba,
es el exclusivo provecho individual. La única ley suprema
reguladora de las relaciones económicas entre los hombres
es la libre e ilimitada competencia. Intereses del capital, precios
de las mercancías y de los servicios, beneficios y salarios
han de determinarse necesariamente, de modo casi mecánico,
por virtud exclusiva de las leyes del mercado.
El poder público debe abstenerse sobre todo de cualquier intervención
en el campo económico. El tratamiento jurídico de las asociaciones
obreras variaba según las naciones: en unas estaban prohibidas, en otras
se toleraban o se las reconocía simplemente como entidades de derecho
privado.
12. En el mundo
económico de aquel entonces se consideraba
legítimo el imperio del más fuerte y dominaba completamente
en el terreno de las relaciones comerciales. De este modo, el orden
económico quedó radicalmente perturbado.
13. Porque
mientras las riquezas se acumulaban con exceso en manos de unos
pocos, las masas trabajadoras
quedaban
sometidas a una
miseria cada día más dura. Los salarios eran insuficientes
e incluso de hambre; los proletarios se veían obligados
a trabajar en condiciones tales que amenazaban su salud, su integridad
moral y su fe religiosa.
Inhumanas sobre todo resultaban las condiciones de trabajo a las que eran sometidos
con excesiva frecuencia los niños y las mujeres. Siempre amenazador
se cernía ante los ojos de los asalariados el espectro del paro. la
familia vivía sujeta a un proceso paulatino de desintegración.
14. Como consecuencia,
ocurría, naturalmente, que los trabajadores,
indignados de su propia suerte, pensaban rechazar públicamente
esta injusta situación; y cundían de igual modo entre
ellos con mayor amplitud los designios de los revolucionarios,
quienes les proponían remedios muchos peores qué los
males que había que remediar.