El
siguiente relato ofrece una idea de algunas de las costumbres
de la época en que Diego Colón, su esposa
María de Toledo y sus hijos habitaron el Alcázar.
BODAS
DE LUIS COLÓN Y MARIA DE OROZCO
"
Luis Colón, con diecisiete años
en ese entonces y conocido como “el Almirante”, se enamoró
de María de Orozco y decidió casarse con
ella. Bien sabía que su madre se opondría,
ya que María de Toledo quería que sus hijos
se casaran con hijas de familias distinguidas por nobleza
o por riqueza; el joven se decidió entonces por
lo que se llamaba un “casamiento por palabras del presente”.
Dichos matrimonios tenían lugar cuando un hombre
y una mujer se declaraban formalmente a sí mismos
marido y mujer. Puede que estos matrimonios se originaran
en un tiempo en que habían pocos sacerdotes; a
la Iglesia no le gustaban y en algunos lugares estaban
prohibidos bajo pena de excomunión. Los abusos
a que dieron lugar hicieron que el Concilio de Trento
en 1563 declarara que la presencia de un sacerdote y de
varios testigos era necesario para validar cualquier matrimonio.
De acuerdo a las leyes vigentes en 1539, los matrimonios
por palabras del presente todavía eran válidos.
Una prima noche, cuando los invitados estaban en el Alcázar,
una sirvienta se acercó a María de Orozco
y le pidió que fuera con ella hasta la puerta de
Doña Felipa, hermana del Almirante Don Luis, pero
cuando subieron las escaleras y llegaron a la puerta que
llevaba a la galería exterior la muchacha se rió.
María de Orozco le preguntó porqué
se estaba riendo y la respuesta fue que quien quería
hablar con ella era el Almirante. La puerta estaba cerrada
con un candado que, sin embargo, permitía que los
batientes de la puerta se abrieran lo suficiente como para
que una persona en el otro lado pudiera ser vista y hasta
se pudieran extender las manos a través de la apertura.
En la parte de afuera estaba el Almirante quien pidió
a la joven mujer que se quedara, pero ella le dijo que Doña
Beatriz la estaba esperando y prometió volver más
tarde.
Una vez que hubo terminado con Doña Beatriz, María
de Orozco regresó a la cita, acompañada por
otra sirvienta, mientras dos de sus compañeras vigilaban
la puerta de la habitación del Adelantado y de su
esposa, y un sirviente del Almirante hacía de vigía
en la galería. Había una luna preciosa y María
de Orozco y el Almirante podían verse claramente.
Conversaron a través de la apertura entre las puertas
y de repente Don Luis la sorprendió con la pregunta:
“¿Te casarías conmigo?”
Como muchas mujeres antes y después que ella, María
dio una respuesta que indicaba claramente una respuesta
afirmativa pero con una débil objeción: “Para
casarme es para lo que yo vine a las Indias, pero su merced
haría mejor buscando a alguien de su misma condición.”
Tal objeción no podía detener a un joven apasionado;
insistió diciendo que podía vivir sesenta
o setenta años y él quería vivirlos
a plena satisfacción, a lo que ella recatadamente
contestó: “Si su merced me hace este honor yo estaré
contenta de aceptarlo.”
Entonces Don Luis extendió su mano a través
de la apertura, tomó la mano de María de Orozco,
y dijo:
“Doña María, ¿se declara a si misma
mi esposa en matrimonio, como ordena la Santa Madre Iglesia?”
“Sí, lo hago.”
Entonces, Luis dijo: “Entonces me declaro a mi mismo su
marido en matrimonio.”
A lo que ella replicó: “Y yo le recibo como tal.”
Este intercambio de votos asustó a la sirvienta que
lo presenciaba. Facilitar una conversación entre
un joven y una muchacha no era algo importante, pero si
culminaba en matrimonio podía traer problemas. Echándose
a llorar llamó a una de las jóvenes que hacía
de vigía y le dijo: “Quiero que sepas que el Almirante
y Doña María se han casado,” y esa mujer se
fue a la cama furiosa. Sin embargo, los dos tórtolos
permanecieron hasta las cuatro de la madrugada susurrando
y tomándose las manos a través de la puerta
mientras la luz de la luna brillaba a través de la
puerta entreabierta en la suave noche tropical. Al despedirse
él le pidió un recuerdo y ella la dio una
cinta negra de su pelo.
A la mañana siguiente María de Orozco subió
con varias amigas a la galería trasera que miraba
sobre el patio. Don Luis se encontraba a la ventana del
alojamiento de los sirvientes, que en aquel entonces estaba
junto al patio, y al ver a María de Orozco la llamó
y la siguiente conversación tuvo lugar:
“Doña María, ¿recuerda usted lo que
acordamos anoche?”
“Lo recuerdo.”
“¿Qué acordamos?”
“Que usted es mi marido y yo su mujer.”
“¿Se declara mi esposa en matrimonio?”
“Sí, lo hago.”
“Y yo me declaro su esposo en matrimonio, según lo
manda la Santa Madre Iglesia.”
La historia de lo que había sucedido se extendió
rápidamente por el Palacio y por la ciudad. Doña
María de Toledo, la madre de Luis, profundamente
disgustada y muy enfadada, riño a su hijo severamente;
el Adelantado y su mujer se mortificaron porque un miembro
de su séquito hubiera causado a su anfitriona tal
disgusto. ¿Qué hacer? En aquellos días
una anulación sólo podía obtenerse
con un largo procedimiento en un tribunal eclesiástico.
Lo mejor parecía no tomar el incidente en serio;
después de todo, era el acto impetuoso de un muchacho
irreflexivo, no había habido una ceremonia formal,
no había testigos de importancia, el matrimonio no
había sido consumado, y el mejor plan parecía
ser sacar a la joven mujer del país e ignorar el
episodio.
Se siguió este plan. María de Orozco y sus
dos amigas fueron encerradas en el oratorio del Palacio
y allí permanecieron hasta que los barcos zarparon
hacia Guatemala. Su encarcelamiento debió ser desagradable,
no sólo debido al poco espacio de la estancia, sino
también porque para esa época no existía
una ventana grande que iluminara el lugar. Antes de que
zarparan los buques Don Luis envió aviso a María
de Orozco rogándole que se quedara; la joven mujer
era demasiado prudente para tomar ese riesgo y contestó
que se quedaría solamente si él mismo iba
a buscarla y la sacaba de la mano del oratorio, pero él
no se atrevió a hacer esto. Don Luis le escribió
cartas a Guatemala, pero el Adelantado las interceptó
y concertó un matrimonio entre ella y el Tesorero
de la Colonia, Francisco de Castellanos, un hombre rico,
del cual ella tuvo muchos hijos.
Por lo general, los registros contienen pocos datos de la
vida en familia en el Alcázar de Colón, pero
en lo referente a esta escapada de Luis Colón nuestra
información está bastante completa. Once años
más tarde, cuando María de Orozco pasó
por Santo Domingo camino a Europa con su marido e hijos,
se abrió una investigación ante el Arzobispo
respecto a este episodio, y entre los testigos María
de Orozco en persona testificó sobre lo que se dijo
y tuvo lugar en el Alcázar aquella noche de luna
de 1535 y al día siguiente."
Schoenrich,
Otto: HISTORY OF THE PALACE OF DIEGO COLOMBUS; Editora Taller.
Santo Domingo, 1992 pp. 18-21