EL
ANIMAL EN LOS TAPICES DEL ALCÁZAR
Por Moisés de Soto David
Parte I
Siglos XV y
XVI
Sería
difícil enumerar y precisar con exactitud, en un espacio
tan reducido como el de este artículo, el estudio de
los animales que, de una u otra manera, se encuentran representados
en los siete grandes tapices que conforman la importante colección
expuesta en el museo Alcázar de Colón, a los
que la restauradora y amiga señora Serena Casilini,
denominó en una conferencia “nuestros ilustres olvidados”.
Fueron adquiridos
entre 1955 – 1957 tras acuerdo del gobierno español
y dominicano, mediante compra de cuatro de ellos y los restantes
por donación del último duque de Veragua.
Así
encontramos perros, caballos, vacas, ovejas, dromedarios,
elefantes y una variedad de insectos y reptiles, que componen
la variada fauna en estos valiosos paños que van desde
el siglo XV y XVIII.
No es nuestra
intención el estudio estilístico y profundo
de los tapices, sino sólo presentar los detalles de
esos seres vivos que tienen su belleza particular y han merecido
la atención al ser plasmados en medio de brillantes
composiciones. El estudio general de los mismos será
tema de varios artículos más.
Comencemos
nuestro trabajo con la presentación de un tapiz del
siglo XV denominado “La
Crucifixión” de autor desconocido, proveniente
de talleres flamencos. Ocupa el centro del mismo la figura
del Cristo, a cuyos pies de la cruz encontramos reptiles e
insectos y batracios en diferentes actitudes.
Pero es la
franja lateral derecha, en medio de zarzas espinosas de tupido
follaje vegetal que aparece la persecución en una cacería
de un ciervo por cuatro o tres perros de diversas razas, en
donde el ciervo con la cabeza volteada hacia atrás
se encuentra en actitud de correr, huyendo de sus perseguidores.
La imagen se repite a lo largo del borde tres veces, siendo
el ciervo de una factura deliciosa tanto como su proporción,
movimiento y color. Los perros más toscos y desproporcionados,
pero de gran movimiento proceden a completar un detalle típico
de la decoración de los siglos XVI – XV.
Completa la
fauna en los bordes una hermosa colección de aves sentadas
en las ramas del follaje; y como nota curiosa en un tapiz
religioso, rollizos conejos de pequeñas orejas saltan
entre las ramas. Los bordes restantes tienen decoración
vegetal.
El otro tapiz
del siglo XV, también de autor desconocido, presenta
una escena cortesana de un rico señor y su séquito
disfrutando de un modo algo sensual una reunión en
los predios de un jardín. Es una escena cerrada en
su composición que con figura central y elementos laterales
que confieren simetría algo compacta al tapiz.
En cuanto
a los seres que nos preocupan encontramos en la franja que
enmarca el tapiz una serie de aves en vuelo o posadas sobre
ramas y hojas del intricado bordado decorativo. Y es en una
de las esquinas interiores donde aparece por primera vez representada
en nuestra cronología el caballo. En este caso solo
el cuello y la cabeza del mismo, resultando el cuello desproporcionado
tanto para la cabeza con cara de estúpida expresión,
como para el elegante caballero que lo monta, dando la impresión
de ser solo el equino un pequeño soporte para el experimentado
jinete. Aspecto éste que no coincide con la tradición
naturalista del arte flamenco.
En esta composición,
el caballo, el animal más representado en la historia
del arte, es un mero arquetipo, una simple anécdota
que contribuye al logro del conjunto. Aspecto a variar durante
los siglos XVII y XVIII.
Preparados
para la caza dos hermosos halcones descansan sobre las manos,
uno del rico cortesano en el centro de la composición,
y el otro en la de un criado, con las capuchas sobre los ojos.
De pocos detalles, ligero movimiento y hermosa presencia adquieren
valor propio histórico-documental en relación
a las costumbres de la caza hacia el siglo XVI.
Del siglo
XVI poseemos en las salas museográficas dos enormes
ejemplares en tamaño y calidad de ejecución.
El primero
de ellos es el denominado “Venta
de los Mercaderes”. Como su nombre lo indica es la llegada
de estos vendedores ambulantes desde Oriente al jardín
o frente de un hermoso palacio, cuyos ricos propietarios y
sus criados disfrutan de los baúles de mercancías
y de la compañía de sus amigos, mientras los
mercaderes bajan otros baúles de telas, de dos tipos
de animales: el hermoso caballo y el astuto dromedario. Aquí
los caballos pasan a formar parte importante de la composición,
colocados en el lado derecho, equilibran con su fuerza, proporción
y suave movimiento el encuadre creado por el artista. Interesante
es observar la gordura y robustez de la parte trasera que
serán básicos en las representaciones de los
próximos siglos.
Detrás
aparecen dos animales difíciles de encontrar representados
en pinturas y tapices: los dromedarios, exóticos animales
de carga orientales, aparentemente conocido en Europa a través
del contacto con el medio Oriente, luego de las Cruzadas.
Ciertamente
o el autor se imaginó dichos animales o solo los conocía
por referencia, ya que aunque cuerpo y patas recuerdan el
mencionado cuadrúpedo, los cuellos por su ondulado
movimiento recuerdan la forma de las serpiente y la cabezas
las de un caballo un poco pequeño con relación
al cuerpo. Sin embargo, las crines y el pelo a todo lo largo
de ambas partes del cuerpo confieren belleza a los mismos.
El segundo
tapiz de esta etapa es el llamado “Salomón
y la Reina de Saba” en el que la reina solicita el perdón
al poderoso monarca, luego de su triunfo. Es de manufactura
y ejecución parecido al anterior, aunque más
tosco en los personajes elaborados. Sin embargo, es el más
renacentista en sus características y posee la más
variada y extraña fauna de toda la colección,
tanto en sus franjas como en el interior de la composición.
En todos los bordes, enmarcados entre guirnaldas, medallones,
trofeos, cariátides, cortinajes y espacios arquitectónicos
con sus clásicas columnas y hemiciclos en perspectiva,
encontramos personajes femeninos sentados en actitudes diversas
de triunfo y escenas cortesanas y religiosas dentro de los
enormes medallones. Junto a ellos, hay águilas que
levantan vuelo, quimeras de pequeños cuerpos y grandes
alas, halcones posados en las ramas, serpientes de ondulantes
formas dispuestas al ataque, pequeñas aves no identificadas
y cacatúas posadas.
Un animal
cuadrúpedo de largo rabo y cabeza parecida a un reptil,
que podría ser una iguana, si nos remitimos a un dibujo
de Luis Joseph Peguero en su libro “Historia de la Conquista
de la Isla Española" , Tomo 1 página 259.
Y una oveja cargada por un barbudo personaje, recuerda la
imagen del Divino Pastor.
Sin embargo,
dos representaciones nos llamaron la atención poderosamente:
la primera un rinoceronte policromado en su tejido, de características
muy propias de la idea renacentista de este desconocido animal
africano: gordo con placas metálicas como armadura
en lugar de piel, cuerno pequeño, patas gruesas de
altas pezuñas. Adornado con una tela que envuelve su
panza, terminada en su lomo con un jarrón de flores.
La segunda
es la representación del Divino Cordero, con aura alrededor
de la cabeza, colocada sobre las rodillas de una hermosa mujer
coronada.
Extraño
en general resulta no solo la variedad en representación
sino la factura en su hechura debido a las desproporciones,
imaginación, movimiento de las figuras y colocación
dentro del espacio de trabajo: manteniéndose un equilibrio
compositivo en las decoraciones de las franjas, aspecto propio
del clasicismo de la época, que no se guarda en el
inferior donde la simetría es un mero recuerdo de ello,
debido a que la composición se divide en dos planos
muy diferentes.
El primer
plano posee sólo grandes figuras en diversas actitudes
e involucradas unas con las otras en conversación o
visuales muy complicadas, con falta de equilibrio y mayor
peso hacia la derecha del mismo tapiz. No presentan animales.
El segundo plano que conforma los paisajes y tiendas de comitiva
del Rey comprende tres pequeños subplanos con sus propias
características con relación a los animales:
al lado izquierdo tres dromedarios con exactos rasgos a los
descritos para el tapiz de los Mercaderes. Aquí, sin
embargo, la fuerza, proporción y tamaño de los
cuerpos recuerdan actitudes equinas en torneo de paso fino.
Al centro un grupo de tres caballos cuyos jinetes (dos mujeres
y un caballero) marchan al parecer en un hermoso paseo. Los
equinos presentan un suave movimiento y en diversas actitudes
de paso, hermosamente engalanados, son de proporcionados cuerpos
con cabezas muy pequeñas, algunas, y otras muy alargadas,
de patas fuertes y proporcionadas al resto del cuerpo.
A la derecha,
dos caballos, con su jinetes, al galope, igual que los anteriores
pero de una desproporción evidente en sus patas traseras.
Hermosos, sin embargo, son los pelos de las crines y el rabo
levantado al viento.
Sin duda un
estudio profundo de tan interesante tapiz del siglo XVI nos
aportaría mayores detalles en su belleza simbólica
y su asimétrica composición, aparentemente ejecutada
por manos diferentes.
(Artículo aparecido en el periódico El Caribe
en su edición del 24 de diciembre del 1988).
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Parte II
Siglos XVII y XVII
A principios
del siglo XVII, la representación de animales, en especial
la del caballo, se hace totalmente evidente tanto en la pintura
como en las artes generales.
De esta etapa
se enmarcan los tres últimos tapices de la colección
del Alcázar de Colón; los tres fueron una serie
de cartones preparados por Charles Le Brun entre 1660 y 1690,
ejecutados por la familia Van Den Hecke en Bruselas, y donados
por el último descendiente de los Colonos, el Duque
de Veragua, al museo.
La serie se
compone de escenas de la historia de Alejandro Magno. El primero
–“La Guerra del Río Hidaspes” – o mejor conocido como
“La Batalla de los Elefantes” es sin duda alguna el más
impresionante de la colección y el más representativo
del estilo barroco. Todo el conjunto nos sitúa en una
atmósfera de batalla con un revoltijo de caballos feroces
y encabritados, elefantes en lucha o moribundos y personajes
con una fuerza sin limites y contorsionados cuerpos, cuyo
fondo da un paisaje sereno y hermoso.
En este tapiz
el caballo es robusto y rechoncho, de fuertes grupas, cuello
corto, cabeza alargada, vientre abultado y recias patas, aspecto
no tan feroz, de ojos grandes y narices en pleno resople.
Cuerpos proporcionados y de crines movidas por el viento en
pleno fragor de la batalla. En todas las figuras se nota un
estudio profundo de todo lo relacionado con la estructura
y fuerza del hermoso equipo, cuya presentación y exquisito
movimiento, confieren al cuadrúpedo un aire excitante
difícil de vencer. Tal es el tipo de caballo en el
que se inspiraron desde su creación y durante todo
el siglo XVII todos los pintores de batallas en Italia, Flandes
e incluso Le Brun, en Francia.
Estas representaciones
equinas no se apartan de la influencia de Rubens y de la serie
flamenca sobre grabados equinos. Aparecen representados, además,
el más grande animal sobre la tierra: el elefante,
magnifico paquidermo oriental grandemente utilizado desde
tiempos inmemoriales hasta nuestros días en batallas
y como medio de carga y escenas de cacería tanto en
Asia, África y determinados momentos en Europa. En
esta escena los enormes animales aparecen cargando su elemento
(torre) de lucha y a sus personajes y guerreros. Todos se
encuentran hermosamente atractivos. Algunos están en
pie, otros caídos y muertos en la contienda, resultan
de un naturalismo propio de la época, bien proporcionado,
con gran movimiento, suave en sus encuadres; perdiéndose
parte de ellos, los de pequeños tamaño, colocados
al fondo del paisaje. Ambos animales, caballo y elefante,
en este tapiz arrojan sin duda una exactitud realista, belleza
de movimiento, de línea en sus grandes composiciones,
grandeza de ejecución y una expresión de vida,
que dieron al arte barroco su mayor expresión.
El segundo
de la serie “Alejandro en la tienda de Darío”, no posee
representaciones de animales, sólo cabezas de gárgolas
en los techos de las tiendas y animales mitológicos
en los cascos que usan Alejandro y su lugarteniente. Interesante
resulta la empuñadura de la espada del Conquistador
en forma de cabeza de ave de agudo pico.
Sin embargo,
el presente tapiz, cuyo otro de exacta hechura y forma se
encuentra en el Mobilier Nationale de París, “evidencia
la tendencia estética se su autor hacia su academismo
cultural, destacándose Le Brun por su apego al módulo
compositivo bien articulado, con un espacio bien limitado
de solución audaz y de un conocimiento intelectual
riguroso” y más acorde a las características
del siglo XVIII.
Bajo los mismos
parámetros se enmarca el tercero y el último
de la serie de “Alejandro
y Rosanna” en el que se muestra a ambos personajes paseando
en el jardín.
Aquí
volvemos a encontrar entre el ropaje del personaje de Alejandro
la espada con empuñadura igual a la descrita en el
anterior tapiz, y en el lado inferior un hermoso y pequeño
perro faldero jugueteando con un niño. El pequeño
animal es en esta escena otra anécdota dentro de la
entera y clásica composición
Del siglo XIX no poseemos ejemplares en la colección;
sin embargo, sabemos que el artista, durante esta época,
olvida la grandeza y espectacularidad del animal que representa,
siendo algunas de las razones la decadencia del arte del tapiz
y, sobre todo, la aparición de nuevos cánones
estéticos de tan cambiante centuria.
Por ultimo,
debemos agregar que estos siete tapices constituyen una colección
única en su género en el área del Caribe
y que ha sido admirada por todos aquellos turistas y nacionales
que han tenido la oportunidad de visitar las salas museográficas
del Museo Alcázar de Don Diego Colón.
(Artículo
aparecido en el periódico El Caribe, en su edición
del 31 de diciembre del 1988).
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