Extraño educador: el chofer de concho.
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Manuel Maza, S.J. |
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Conocí el concho en 1967. Desde esa fecha, lo empleo, por lo menos dos veces al día. El concho es un ágora sobre ruedas, una empresa, un panel, un panal, una reunión de analistas, cuentistas, fanáticos de pelota, religiosos, políticos, agregación de restos de gentes que regresan a sus casas después de horas de trabajo, ambulancia apretada, en la cual una madre rinde resignada sus chelitos, mientras le susurra un consuelo a su niña enfermita. Aunque todos suframos con su manera tan desconsiderada de conducir, los choferes del concho nos resuelven a muchos el problema diario del transporte. Hoy me fijo en algunas lecciones del concho. Cada vez más, el concho no es un carro que circula. Para maximizar el uso del combustible, los choferes del concho se han inventado “las paradas”. En algunas esquinas de avenidas importantes, se ven hasta diez y doce carros estacionados, uno detrás del otro, haciendo turno y, de paso, anulando el carril derecho. Señalo, que los choferes, por regla general, se pegan bien del contén derecho, pero, ¿es éste un uso eficiente de nuestras ya congestionadas vías públicas ? Esa larga fila de carros estacionados, justo al lado del cartel de “no pasajeros”, ¿acaso no crea un problema en las intersecciones más difíciles ? Aunque a las dos y media de la tarde la temperatura, a la sombra, sea de 33 grados centígrados, el concho solamente partirá cuando esté lleno, es decir, con dos pasajeros delante y cuatro atrás. Para muchos choferes del concho, los pasajeros que se encuentran aguardando transporte en la ruta, no cuentan. Dicho de otra manera, estos choferes tienen prioridades. Cuando protesto y abogo por los pasajeros quedados en la ruta, me responden : --Si yo me llevo de los pasajeros de la ruta, fracaso. Prefiero salir lleno y después veremos.-- Se podrá discutir esta decisión, pero reconozcamos su esfuerzo de racionalización del precioso combustible. Los actores económicos, tanto privados como públicos, ¿ejercemos esa racionalización con los recursos que administramos ? ¿Admitimos tan candorosamente que hay pasajeros aguardando en nuestra ruta que por ahora no podemos recoger? ¿Acaso prometemos irresponsablemente que los vamos a recoger a todos ? Hasta el día de hoy, me molesta esta decisión administrativa de los empresarios del volante, pero debo reconocerles dos argumentos valiosos. Si el pasajero que aguarda está cerca de la parada del concho, ¡que camine ! Si está lejos, probablemente encontrará un puesto en el concho cuando ya se haya bajado alguno de los primeros pasajeros. Me cuesta admitir esta realidad : los choferes del concho, los mismos que manejan tan arbitrariamente, nos están educando a nosotros, sus pasajeros, probablemente sin quererlo y por motivos económicos. Para aquello que les interesa, ¡ellos aprueban reglas y prioridades ! Esa misma
labor educativa ¿no habría que aplicárnosla legalmente, a nosotros los
peatones, a los choferes y sus paradas, su forma de conducir, de recoger y
dejar pasajeros ? |
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1 de agosto de 2001 |
Correo electronico: mmaza@pucmm.edu.do |