Jesús y la samaritana: un modelo para el diálogo

 

Manuel Maza, S.J.  

 

 

El Evangelio de este Domingo (Juan 4, 5-42) relata cómo Jesús se encontró con una mujer samaritana. El Maestro estaba cansado. Era cerca el medio día. Ocurre algo sorprendente: el judío Jesús le pide de beber a una mujer samaritana. Los judíos y los samaritanos pertenecían a grupos humanos de convicciones religioso-políticas tan diversas, que ni se hablaban.

    En el siglo siglo VIII antes de Cristo ocurrieron las invasiones asirias de la zona norte de la Palestina. Habían quedado bajo control extranjero. Durante siglos fue un área expuesta a los colonialismos de toda clase. No pudieron conservar puras las tradiciones israelitas originarias. Su religión mezclaba creencias extranjeras con tradiciones locales.

    Para el judío del sur, los samaritanos aparecían como malos israelitas. Rehusaban adorar a Dios en el templo de Jerusalén, preferían su monte Garizim. Los samaritanos desdeñaban todo lo que oliera a Jerusalén y al sur. De ahí la sorpresa de la mujer.

    Este evangelio nos aporta elementos para todo diálogo serio en la familia y la sociedad.

    Jesús inicia todo el diálogo desde una necesidad sentida y fácilmente verificable: tiene sed. Toda la rabia que Jesús despertaba en la samaritana no lograba ocultar este hecho: Jesús tenía sed.

    En lugar de atormentarnos con slogans propagandísticos manipuladores, los políticos debieran presentar su análisis de la realidad dominicana. Este análisis de nuestras necesidades debiera ser fácilmente verificable. El insulto hiriente y la adoctrinación machacona no resuelven nada.

    La calidad de la vida familiar gana cuando en lugar de masticar frustraciones, se expresan necesidades sentidas y verificables.: "lo que estás dejando para la comida, no alcanza; tú quieres salir y yo, sentarme tranquilo en mi casa”.

   Notemos que Jesús no razona a partir de las divisiones tenidas por válidas. Jesús no responde al: "¿cómo tú siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?". Más bien, el trato que Jesús le va a dar a la mujer arranca de la generosidad de Dios: "Si conocieras el don de Dios". La base de todo diálogo sincero está en reconocer en la otra parte, a un ser amado y querido por Dios, o al menos, no negar la buena voluntad de la otra parte.

   El diálogo no puede avanzar cuando reducimos a los demás a una etiqueta. Jesús se abre paso entre la definición reductora de la samaritana, él mismo va exponiendo cómo entiende su misión.

   El diálogo avanza cuando los otros exponen cómo entienden el problema, su tarea propia y las soluciones que proponen.

   A seguidas, Jesús presenta lo que entiende ser la aspiración más honda de la mujer samaritana "el agua viva". La mujer le expresa sus dudas: Jesús está ofreciendo agua, pero no tiene con qué sacarla.

   El diálogo exige a todos los participantes que expongan cómo piensan llevar a cabo sus propuestas.

   La samaritana dice que quiere agua viva. Con todo derecho Jesús le pide que busque a su marido. La seriedad del agua viva, pide seriedad en las relaciones más íntimas.

   El diálogo verdadero en la familia y la sociedad, debe de aclarar cuáles son las vinculaciones y alianzas de cada una de las partes, "los maridos". No hay propuesta soltera. Las peticiones, proyectos y medidas, todas tienen sus mariditos.

   Por eso, en el diálogo, todo el que avanza una propuesta tiene que estar dispuesto a que se la analicen y se saque a la luz pública quién sale beneficiado o perjudicado con ella.

   Luego la samaritana mete a Jesús en una discusión acerca de la verdadera religión. Jesús deja de lado las discusiones estériles acerca de la religión más pura, para hablar de lo que quiere Dios: que se le dé culto "en espíritu y verdad."

    El diálogo que se emprende de buena fe se esfuerza por encontar un punto en común que permita el consenso. El consenso siempre incluye lo mejor de cada una de las partes. Jesús lo expresa con la frase "en espíritu y verdad". La samaritana puede reconocerse en esa frase, porque Jesús no le impone el culto de Jerusalén, más bien asume todo lo que hay de espíritu y verdad en ella, para llevarla a un culto de profundidad insospechada.

   Olvidamos que es tarea de toda autoridad social y familiar promover el consenso. Jamás habrá consenso mientras el poder se empeñe en hacer prevalecer intereses particulares.

   El acierto de los diálogos políticos y familiares estará, no en que pretendamos manipular a los demás hacia lo que deben sentir y pensar, sino en que expresemos de manera sencilla y verificable, lo que sentimos y pensamos, para posibilitar el consenso.

13 de marzo de 1993.

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