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El Evangelio de
este Domingo (Juan 4, 5-42) relata cómo Jesús se encontró con una mujer
samaritana. El Maestro estaba cansado. Era cerca el medio día. Ocurre algo sorprendente:
el judío Jesús le pide de beber a una mujer samaritana. Los judíos y los
samaritanos pertenecían a grupos humanos de convicciones
religioso-políticas tan diversas, que ni se hablaban.
En el siglo siglo VIII antes de Cristo
ocurrieron las invasiones asirias de la zona norte de la Palestina. Habían
quedado bajo control extranjero. Durante siglos fue un área expuesta a los
colonialismos de toda clase. No pudieron conservar puras las tradiciones
israelitas originarias. Su religión mezclaba creencias extranjeras con
tradiciones locales.
Para el judío del sur, los samaritanos aparecían como malos
israelitas. Rehusaban adorar a Dios en el templo de Jerusalén, preferían su
monte Garizim. Los samaritanos desdeñaban todo lo que oliera a Jerusalén y
al sur. De ahí la sorpresa de la mujer.
Este evangelio nos aporta elementos
para todo diálogo serio en la familia y la sociedad.
Jesús inicia todo el diálogo desde una
necesidad sentida y fácilmente verificable: tiene sed. Toda la rabia que
Jesús despertaba en la samaritana no lograba ocultar este hecho: Jesús
tenía sed.
En lugar de atormentarnos con slogans
propagandísticos manipuladores, los políticos debieran presentar su
análisis de la realidad dominicana. Este análisis de nuestras necesidades
debiera ser fácilmente verificable. El insulto hiriente y la adoctrinación
machacona no resuelven nada.
La calidad de la vida familiar gana
cuando en lugar de masticar frustraciones, se expresan necesidades sentidas
y verificables.: "lo que estás dejando para la comida, no alcanza; tú
quieres salir y yo, sentarme tranquilo en mi casa”.
Notemos que Jesús no razona a partir de
las divisiones tenidas por válidas. Jesús no responde al: "¿cómo tú siendo judío, me pides de beber
a mí que soy samaritana?". Más bien, el trato que Jesús le va a
dar a la mujer arranca de la generosidad de Dios: "Si conocieras el don de Dios".
La base de todo diálogo sincero está en reconocer en la otra parte, a un
ser amado y querido por Dios, o al menos, no negar la buena voluntad de la
otra parte.
El diálogo no puede avanzar cuando
reducimos a los demás a una etiqueta. Jesús se abre paso entre la
definición reductora de la samaritana, él mismo va exponiendo cómo entiende
su misión.
El diálogo avanza cuando los otros
exponen cómo entienden el problema, su tarea propia y las soluciones que
proponen.
A seguidas, Jesús presenta lo que
entiende ser la aspiración más honda de la mujer samaritana "el agua viva". La mujer le
expresa sus dudas: Jesús está ofreciendo agua, pero no tiene con qué
sacarla.
El diálogo exige a todos los
participantes que expongan cómo piensan llevar a cabo sus propuestas.
La samaritana dice que quiere agua
viva. Con todo derecho Jesús le pide que busque a su marido. La seriedad
del agua viva, pide seriedad en las relaciones más íntimas.
El diálogo verdadero en la familia y la
sociedad, debe de aclarar cuáles son las vinculaciones y alianzas de cada
una de las partes, "los maridos". No hay propuesta soltera. Las
peticiones, proyectos y medidas, todas tienen sus mariditos.
Por eso, en el diálogo, todo el que
avanza una propuesta tiene que estar dispuesto a que se la analicen y se
saque a la luz pública quién sale beneficiado o perjudicado con ella.
Luego la samaritana mete a Jesús en una
discusión acerca de la verdadera religión. Jesús deja de lado las
discusiones estériles acerca de la religión más pura, para hablar de lo que
quiere Dios: que se le dé culto "en
espíritu y verdad."
El diálogo que se emprende de buena fe
se esfuerza por encontar un punto en común que permita el consenso. El
consenso siempre incluye lo mejor de cada una de las partes. Jesús lo
expresa con la frase "en
espíritu y verdad". La samaritana puede reconocerse en esa frase,
porque Jesús no le impone el culto de Jerusalén, más bien asume todo lo que
hay de espíritu y verdad en ella, para llevarla a un culto de profundidad
insospechada.
Olvidamos que es tarea de toda
autoridad social y familiar promover el consenso. Jamás habrá consenso
mientras el poder se empeñe en hacer prevalecer intereses particulares.
El acierto de los diálogos políticos y
familiares estará, no en que pretendamos manipular a los demás hacia lo que
deben sentir y pensar, sino en que expresemos de manera sencilla y
verificable, lo que sentimos y pensamos, para posibilitar el consenso.
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