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Una de las grandes sorpresas
de mi vida cómo presbítero han sido los amigos y amigas casados. Ellos se
sorprenden cuando les digo que también para mí, ellos son un sacramento, un
signo que nos ha dado el Señor para conocerle más profundamente, y para
responder a su amor con mayor sinceridad y honestidad.
En el matrimonio,
como en todos los sacramentos, el Señor nos comunica su intimidad
trascendente a través de lo humano.
Nosotros sólo captamos a Dios en lo humano. La experiencia humana es
apta para simbolizar a Dios, pues la misma Palabra nos dice que estamos
creados “a imagen y semejanza de Dios”.
Los sacramentos nos permiten ver de manera simbólica lo que el Espíritu
Santo lleva a cabo en nosotros real y efectivamente. En el sacramento del
matrimonio, captamos el amor de Cristo a la Iglesia, tal y como nos lo
enseña el apóstol Pablo : “Ese
símbolo es magnífico, y yo lo aplico a Cristo y la Iglesia”. Antes
había exhortado ; “Hombres, amad
a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella...”
(Efesios 5,32 y 25). Intentaré
desglosar algunos de los aspectos más importantes del matrimonio cristiano.
En el amor de los
esposos, el Señor nos revela nuestra vocación más honda : estamos
hechos para la comunión. Lo que nos realiza no es el poseer, ni el dominar,
ni la seguridad, ni el reconocimiento por los éxitos alcanzados. Nuestros
hermanos casados nos enseñan que a nosotros los seres humanos, solamente
nos realiza la comunión, es decir el intercambio y la comunicación de lo
que somos y tenemos a otro ser capaz de recibirnos. Ni las cosas, ni los
animales nos llenan. Adán, figura
de todo ser humano, no encuentra en
ningún ser vivo la compañera que añora
sin saberlo. El yahvista, lo expresa así con sus resabios de
machismo patriarcal, “no se encontró
el auxiliar que le correspondía” (Génesis 2,20). Nuestra plenitud sólo
se da en la generosidad espontánea, en el amor intercambiado, y en la verdad acogida. Pero esto sólo se da
en aquellos seres que poseen la dimensión personal, es decir, que son
capaces de salir de sí mismos para
entablar relaciones de amor, que son capaces de buscar la verdad más allá
de sus instintos e intereses. El matrimonio pone en evidencia la entraña de
nuestra vocación humana expresada en el libro del Génesis : “No está
bien que el hombre esté solo” (Génesis 2,18). Donde quiera que hay una
pareja feliz, el Señor nos interpela para que asumamos nuestra verdadera
vocación que Agustín de Hipona recordaba en sus Confesiones : “Nos
hicistes Señor para ti, y nuestro corazón no reposará hasta que descanse en ti”.
La calidad de este
encuentro y de esta comunión de los casados felices, resplandece en su
capacidad de comunicarse con confianza, lo que entienden y lo que no
entienden. Hay madurez en el matrimonio, no cuando cesan los problemas y
los retos que siempre existirán, sino cuando crece la capacidad de
enfrentarlos juntos, con una comunicación serena, sabia, humilde, paciente,
hecha de escucha cariñosa y respetuosa. ¡Cuánto bien me hizo aquella pareja
andaluza que discutía acaloradamente delante de mí ! Y él que le agarra las manos y le dice
riéndose : -- Mi niña, no me pelees tanto, que yo más quiero tenerte a
ti, que tener razón--. Así es el Dios que nos anunció Jesús : un Dios
a quien no le interesa ser Dios sin nosotros. El Padre que tenía dos hijos,
le explica al hijo escandalizado que se niega a entrar en la fiesta del
pródigo : “Había que hacer
fiesta porque este hermano tuyo
estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido reencontrado”
(Lucas 15, 32). Y eso quiere ser la Iglesia, una novia enamorada que va de
un lado a otro, anunciándolo tan dulcemente que vamos descubriendo, que
nunca somos tanto nosotros mismos, como cuando somos con Dios.
De los casados
aprendemos que la felicidad consiste en vivir desde “el otro” y desde “la
otra” en adelante. Extraña firmeza ésta que se apoya no en pesos, sino en
besos para encarar la vida. En cada matrimonio nos saluda Dios mismo, “El
Otro”, siempre invitándonos a la madurez, a crecer, aprender, perdonar como
quien vence al mal con el amor y saca vida de la muerte. Los mismos hijos
obligan a los casados a descentrarse y a tener en cuenta a los otros en sus
planes y proyectos. Los hijos les quitan a los padres sus ñoñerías y
plasticismos. Las damas y caballeros más encumbrados, descubren la inmensa
felicidad de ser los criados más fieles de sus niños. La vida familiar, en lo que tiene de
aceptación y de acogida de alteridades, es ella misma un llamado a la
sociedad para que acepte y acoga a sus “otros” : los pobres y
marginados que viven donde nadie quiere vivir, los extranjeros, y todos los
excluidos. Una vida matrimonial fecunda y plena tiene mucho que enseñarle a
la sociedad de los riesgos y los atrevimientos que hay que organizar en
bien de las mayorías.
Finalmente, los matrimonios
cumplen una función importantísima en la Iglesia, pues nos señalan que todo
amor verdadero pasa por la cruz y el sufrimiento. Es falso pensar que todo
el que sufre, ama ; pero es una verdad universal que todo el que ama,
sufre. No en balde el marco más hermoso del matrimonio es la Eucaristía, en
la cual Jesús, muerto y resucitado se hace presente a la asamblea para
enseñarnos que el camino hacia la luz para por la cruz (y esto vale hasta
para la CDE). Quien ama sufre, acogiendo las limitaciones de la persona
amada y las propias. Sufre asumiendo la situación de la otra, del otro y la
propia. Padece la incomprensión que se dá hasta en las almas más nobles.
Padece las inmadureces, agravios y hasta la infidelidad, padece las
contradicciones de ayudar a crecer a otros en medio de una sociedad herida
de irresponsabilidad y corrupción.
Todavía el clero,
los hombres y mujeres en vida consagrada, ocupamos una posición de poder y
reconocimiento desproporcionados dentro y fuera de la Iglesia. Encontramos
obstáculos para comunicar la particularidad de nuestros dones, y
entorpecemos el que otros comuniquen los suyos, con nuestra preeminencia
desmedida y las estructuras obsoletas que la sustentan. Pero si volvemos
nuestros ojos a los casados, nuestro ministerios cobrarán más sentido, y
seremos fortalecidos como todos los bautizados, por el sacramento del
matrimonio, sígno privilegiado del amor que Cristo nos tiene a cada uno de
nosotros.
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