Un signo privilegiado del amor de Cristo: el matrimonio.

 

Manuel Maza, S.J.  

 

   Una de las grandes sorpresas de mi vida cómo presbítero han sido los amigos y amigas casados. Ellos se sorprenden cuando les digo que también para mí, ellos son un sacramento, un signo que nos ha dado el Señor para conocerle más profundamente, y para responder a su amor con mayor sinceridad y honestidad.

   En el matrimonio, como en todos los sacramentos, el Señor nos comunica su intimidad trascendente a través de lo humano.  Nosotros sólo captamos a Dios en lo humano. La experiencia humana es apta para simbolizar a Dios, pues la misma Palabra nos dice que estamos creados “a imagen y semejanza de Dios”. Los sacramentos nos permiten ver de manera simbólica lo que el Espíritu Santo lleva a cabo en nosotros real y efectivamente. En el sacramento del matrimonio, captamos el amor de Cristo a la Iglesia, tal y como nos lo enseña el apóstol Pablo : “Ese símbolo es magnífico, y yo lo aplico a Cristo y la Iglesia”. Antes había exhortado ; “Hombres, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella...” (Efesios 5,32  y 25). Intentaré desglosar algunos de los aspectos más importantes del matrimonio cristiano.

   En el amor de los esposos, el Señor nos revela nuestra vocación más honda : estamos hechos para la comunión. Lo que nos realiza no es el poseer, ni el dominar, ni la seguridad, ni el reconocimiento por los éxitos alcanzados. Nuestros hermanos casados nos enseñan que a nosotros los seres humanos, solamente nos realiza la comunión, es decir el intercambio y la comunicación de lo que somos y tenemos a otro ser capaz de recibirnos. Ni las cosas, ni los animales nos llenan.  Adán, figura de todo ser humano, no encuentra  en ningún ser vivo la compañera que añora  sin saberlo. El yahvista, lo expresa así con sus resabios de machismo patriarcal, “no se encontró el auxiliar que le correspondía” (Génesis 2,20). Nuestra plenitud sólo se da en la generosidad espontánea, en el amor  intercambiado, y en la verdad acogida. Pero esto sólo se da en aquellos seres que poseen la dimensión personal, es decir, que son capaces de salir de sí  mismos para entablar relaciones de amor, que son capaces de buscar la verdad más allá de sus instintos e intereses. El matrimonio pone en evidencia la entraña de nuestra vocación humana expresada en el libro del Génesis : “No está bien que el hombre esté solo” (Génesis 2,18). Donde quiera que hay una pareja feliz, el Señor nos interpela para que asumamos nuestra verdadera vocación que Agustín de Hipona recordaba en sus Confesiones : “Nos hicistes Señor para ti, y nuestro corazón no reposará  hasta que descanse en ti”.

    La calidad de este encuentro y de esta comunión de los casados felices, resplandece en su capacidad de comunicarse con confianza, lo que entienden y lo que no entienden. Hay madurez en el matrimonio, no cuando cesan los problemas y los retos que siempre existirán, sino cuando crece la capacidad de enfrentarlos juntos, con una comunicación serena, sabia, humilde, paciente, hecha de escucha cariñosa y respetuosa. ¡Cuánto bien me hizo aquella pareja andaluza que discutía acaloradamente delante de mí !  Y él que le agarra las manos y le dice riéndose : -- Mi niña, no me pelees tanto, que yo más quiero tenerte a ti, que tener razón--. Así es el Dios que nos anunció Jesús : un Dios a quien no le interesa ser Dios sin nosotros. El Padre que tenía dos hijos, le explica al hijo escandalizado que se niega a entrar en la fiesta del pródigo : “Había que hacer fiesta porque  este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido reencontrado” (Lucas 15, 32). Y eso quiere ser la Iglesia, una novia enamorada que va de un lado a otro, anunciándolo tan dulcemente que vamos descubriendo, que nunca somos tanto nosotros mismos, como cuando somos con Dios.

   De los casados aprendemos que la felicidad consiste en vivir desde “el otro” y desde “la otra” en adelante. Extraña firmeza ésta que se apoya no en pesos, sino en besos para encarar la vida. En cada matrimonio nos saluda Dios mismo, “El Otro”, siempre invitándonos a la madurez, a crecer, aprender, perdonar como quien vence al mal con el amor y saca vida de la muerte. Los mismos hijos obligan a los casados a descentrarse y a tener en cuenta a los otros en sus planes y proyectos. Los hijos les quitan a los padres sus ñoñerías y plasticismos. Las damas y caballeros más encumbrados, descubren la inmensa felicidad de ser los criados más fieles de sus niños.  La vida familiar, en lo que tiene de aceptación y de acogida de alteridades, es ella misma un llamado a la sociedad para que acepte y acoga a sus “otros” : los pobres y marginados que viven donde nadie quiere vivir, los extranjeros, y todos los excluidos. Una vida matrimonial fecunda y plena tiene mucho que enseñarle a la sociedad de los riesgos y los atrevimientos que hay que organizar en bien de las mayorías.

   Finalmente, los matrimonios cumplen una función importantísima en la Iglesia, pues nos señalan que todo amor verdadero pasa por la cruz y el sufrimiento. Es falso pensar que todo el que sufre, ama ; pero es una verdad universal que todo el que ama, sufre. No en balde el marco más hermoso del matrimonio es la Eucaristía, en la cual Jesús, muerto y resucitado se hace presente a la asamblea para enseñarnos que el camino hacia la luz para por la cruz (y esto vale hasta para la CDE). Quien ama sufre, acogiendo las limitaciones de la persona amada y las propias. Sufre asumiendo la situación de la otra, del otro y la propia. Padece la incomprensión que se dá hasta en las almas más nobles. Padece las inmadureces, agravios y hasta la infidelidad, padece las contradicciones de ayudar a crecer a otros en medio de una sociedad herida de irresponsabilidad y corrupción.

   Todavía el clero, los hombres y mujeres en vida consagrada, ocupamos una posición de poder y reconocimiento desproporcionados dentro y fuera de la Iglesia. Encontramos obstáculos para comunicar la particularidad de nuestros dones, y entorpecemos el que otros comuniquen los suyos, con nuestra preeminencia desmedida y las estructuras obsoletas que la sustentan. Pero si volvemos nuestros ojos a los casados, nuestro ministerios cobrarán más sentido, y seremos fortalecidos como todos los bautizados, por el sacramento del matrimonio, sígno privilegiado del amor que Cristo nos tiene a cada uno de nosotros.

 

21 junio de 1998.

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